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Te pido tres regalos


El Hermano entró en el recinto umbroso y, luego que sus ojos se habituaron a la oscuridad, se arrodilló con reverencia ante el altar y fijó su mirada en el crucifijo bizantino. Lo miró largamente. Era un crucifijo diferente: no expresaba dolor ni causaba pena. Tenía unos ojos negros bien abiertos, por donde se asomaban la majestad de Dios y los abismos de la eternidad. Y una extraña combinación de dulzura y majestad envolvía toda la figura causando confianza y devoción.


Seducido por aquella expresión de calma y paz, Francisco permaneció inmóvil. El Amor tenía un nombre concreto, una figura determinada y una historia apasionante: Jesucristo en la cruz, entregando la vida por los amigos. La imagen del Crucificado penetró en el alma del Hermano como una centella, y se grabó a fuego en la sustancia primitiva de su espíritu, y el tiempo nunca consiguió cauterizar esa herida. Al parecer, aquí comenzaba la peregrinación que habría de culminar sobre las rocas del Alvernia, con una consumación total.

La devoción franciscana adquirió aquí su fisonomía original. A partir de este momento, dice San Buenaventura, siempre que recordaba a Cristo crucificado, a duras penas conseguía retener las lágrimas. Fijos sus ojos en la majestad del Cristo bizantino, le decía así:

¡Glorioso y gran Dios, mi Señor Jesucristo! Tú que eres la luz del mundo, pon caridad, te suplico, en los abismos oscuros de mi espíritu. Dame tres regalos: la fe, firme como una espada; la esperanza, ancha como el mundo; el amor, profundo como el mar. Además, mi querido Señor, te pido un favor más: que todas las mañanas, al rayar el alba, amanezca como un sol ante mi vista tu santísima voluntad para que yo camine siempre a su luz. Y ten piedad de mí, Jesús.



Extractado del libro El Hermano de Asís del p. Ignacio Larrañaga