- 6 mar
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Siervo tuyo soy
Al anochecer de aquel día, el Pobre de Nazaret, fatigado y bastante tenso, se retiró, él solo, al Huerto de los Olivos. Al llegar a la gruta, dobló las rodillas, tomó su cabeza entre ambas manos, y apoyó sus codos en un saliente de roca. En esta posición permaneció por largo tiempo, mientras se serenaba. Tenía la sensación de estar descansando en la roca del Padre. Luego comenzó a orar intensamente concentrado, con frases lentas, entrecortadas:
“Adonai, mi Señor y Padre. Una vez más vengo en busca de aquel aceite que destila consolación y comunica vigor, sanando las heridas. Siempre me he esforzado por captar el lenguaje de los hechos, que guardan escondida, y como cifrada, tu Voluntad. Mi alma no puede descansar sino en el regazo de tu Voluntad.

Y esta noche, una vez más, y hoy más que nunca, vengo a poner mis llaves en tus manos: donde quieras, como quieras, cuando quieras. Sobre las cenizas muertas de mi voluntad enciende Tú la llama viva de la redención. Ya quebré mi arco y destruí mi aljaba: ya no soy un combatiente, ahora soy un simple y pasivo campo de batalla. Sobre el escenario de mis días extiende Tú el mapa de la estrategia de la salvación. Siervo tuyo soy: lo que Tú quieras, quiero yo. Y esta certidumbre inunda de alegría mi yo último. Por muchas que sean las naves que surquen mis costas y las embarcaciones que toquen mis playas, un solo timón guía mi nave por los altos mares: tu Santa Voluntad. Suelta, pues, tus vientos, agita tus corrientes, y llévame a donde quieras.
Extraído del libro “El pobre de Nazaret” de padre Ignacio Larrañaga




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