YO LO CONOCÍ

¡La memoria la construimos todos!

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VIDEO
Una mirada a un hombre de Dios

Ignacio Larrañaga dice de sí mismo que nació con una sensibilidad particular, probablemente herencia de su madre María Salomé. Dotado de un gran don de piedad, con una verdadera hambre de Dios, debió, sin embargo, trabajar arduamente en pos de un camino de desapropiación y humildad, pues también nació con una naturaleza orgullosa e impaciente.  Fue esa gran pedagogía del abandono la que poco a poco le enseñó a dominar su carácter ante los avatares de la vida.

 

Así fue como este “hombre resuelto”, y poco paciente llegó a manifestar grados de ternura y paciencia emocionantes al final de sus días. Se dejó trabajar por Dios como él sabía hacerlo: con fe inquebrantable y confianza sin límites en la misericordia de Dios.  Llegando a alcanzar una paz imperturbable frente a las exigencias del ”yo”.

 

Su legado fue inculcar en las personas la necesidad vital de vivir en estado de   conversión permanente, siempre de la mano de la oración a solas y en silencio, tal como Jesús lo hacía, con atención exclusiva a Dios. De allí brotarían raudales de gracias, que encauzó al servicio de los demás para enseñar a los hombres y mujeres a ser un poco más felices o a sufrir menos.

 

Poseía una persistente e instintiva exigencia de autenticidad, una búsqueda profunda de ser para Dios. Esta exigencia de autenticidad es el sello de su espiritualidad y de su actividad evangélica y profética.

Su tiempo de oración era sagrado. Estando en casa se levantaba a las 5 y media de la mañana para su oración personal, la que hacía en su escritorio, un cuarto muy pequeño en su casa de Santiago de Chile. Allí, las primeras horas de la mañana las dedicaba a su Señor, se sintiera como se sintiera, somnoliento o muy despierto, medio enfermo o saludable, con ganas o sin ganas.

 

Insistía en que la oración personal era indispensable para ir a la oración comunitaria con los hermanos, donde inevitablemente, dar es igual a recibir: la plenitud de ser uno mismo, de encontrase con el otro u otros, ha sido y sigue siendo la dinámica que dejó en su mensaje hablado y escrito.

 

Tenía una gran aptitud para la música, la cual no pudo cultivar formalmente. En sus primeros años de ministerio en España, se desempeñó como organista en la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes de San Sebastián, función que por ese tiempo requería una dedicación casi exclusiva. Pero sabía en lo más íntimo de su ser que su vida de organista no satisfacía la fuerza interior que le venía para desarrollar su vocación sacerdotal y religiosa.

Su amor por la música fue destacable. Le gustaba improvisar en el viejo piano en su casa que hasta hoy se conserva. Este don, con el paso de los años se convirtió en una expresión peculiar de su personalidad y un elemento que le ayudó significativamente en su misión evangelizadora. Al inicio de todos sus mensajes grabados, incluye fragmentos de música simple, pero al mismo tiempo evocadora, tierna, sensible. Trataba de colocar al auditor en un estado de devoción y para eso elegía generalmente música barroca, que apreciaba mucho.

 

Otra afición importante de padre Ignacio era la lectura, le atraían especialmente los libros de Historia, aunque no los de novela histórica. En su juventud se dedicó a leer con mucho deleite y provecho obras de autores humanistas, filósofos existencialistas, poetas y pensadores como Kierkegaard, Dostoyewski, Paul Claudel, León Bloy, Unamuno, Ortega y Gasset, y otros similares. Igualmente le interesaba la antropología, la sociología, la psicología. Predilección especial sentía por Antonio Machado, viajaba siempre con la Biblia y los poemas de Machado en la mano.

 

Tenía una gran capacidad admirativa y frescura en el asombro; podía quedar anonadado y mudo de asombro ante la magnificencia del cielo estrellado en el norte de Chile, por ejemplo. Su sensibilidad lo llevaba a extasiarse tanto frente a la altura imponente de una montaña como ante un árbol en flor.

 

Padre Ignacio era una persona que gustaba de vivir simplemente, tal como sus padres que eran campesinos de Guipúzcoa. Tanto en el vestir como en el comer era lo mismo. De su niñez en el campo le viene el amor por los animales.  Los Guías sabían de su afición especialmente a los burritos y perros, y le hacían llegar de regalo en todas formas y materiales, guardándolos él en un lugar especial en su escritorio.

 

Hay infinidad de anécdotas que podrían aún narrarse de las muchas facetas de este hombre de Dios, quien pasó por el mundo haciendo el bien, y siendo fiel instrumento en las manos de Dios, para anunciar la Buena Nueva a quienes quisieran escucharle, con el único propósito de que el Amor sea amado. 

Fundación TOVPIL

Fundación Talleres de Oración y Vida
Padre Ignacio Larrañaga

Contacto

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