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Remembranzas

“He llegado a mi Casa”, padre Ignacio Larrañaga


“…Nuestro hermano Ignacio Larrañaga conoció a Jesucristo; acogió su mirada, su Palabra; Jesucristo se apoderó de su corazón, hasta convertirse en el centro de su vida, la pasión de su vida.

Experimentó la misericordia de Dios, como Zaqueo, y dedicó su vida entera a comunicar esa Buena Noticia que le llenaba el corazón: el amor, la misericordia del Padre: “Si conocieran al Padre…” repetía una y otra vez… Por eso recorrió tantos lugares del mundo, escribió libros, habló con esa pasión que le caracterizaba. Parafraseando a Aparecida podemos decir que conocer a Jesucristo fue lo mejor que le ocurrió en la vida, y darlo a conocer a los demás fue su alegría más grande.

Conoció a Jesucristo ya en su hogar. Su mamá, María Salomé, una mujer piadosa, solidaria con los pobres, le enseñó a rezar en su lengua vasca. Su papá, Marcelino, no era tan rezador, pero tenía una veta mística, que Ignacio heredó. Ese conocimiento de Cristo fue creciendo en los años de iniciación a la vida capuchina y preparación para el sacerdocio. Ignacio quería ser “capuchino, misionero y santo”. No todo fue fácil, Ignacio era un niño tímido, que apenas sabía hablar castellano cuando entró al seminario de los capuchinos. Al mismo tiempo, era piadoso, idealista, soñador y romántico. Ignacio quería ser misionero en tierras lejanas.

Cuando tenía 29 años tuvo una experiencia que podríamos llamar “mística”: en una noche se sintió inundado por la ternura de Dios Padre. Ese acontecimiento, nos cuenta él, marcó su vida y su manera de relacionarse con Dios.

Se retiró periódicamente a la montaña, exactamente al Cajón del Maipo, haciendo lo que después llamaría un tiempo de desierto, para estar a solas con Dios…Oró con los salmos, con el Evangelio…Gritaba como Francisco en el Alvernia: “Tú eres el bien, todo bien, sumo Bien, Dios vivo y verdadero”. Vivió el silencio, con María, la humilde y servidora. Vivió el abandono: Padre, me pongo en tus manos…Haz de mí lo que quieras. Él nos cuenta que fue una verdadera “terapia intensiva” que le sanó…Dios fue purificando su corazón para trabajar por el Reino.

Fue de ese horno ardiente de su corazón purificado por el Espíritu Santo de donde brotó la gran misión que llevó a cabo Ignacio, en los Encuentros de Experiencia de Dios, que desembocaron en los Talleres de Oración y Vida.

Acuérdense cómo nos decía: nadie se emborracha hablando de vino; es preciso beberlo”. No basta hablar de oración. No basta con hablar de Dios. Es preciso hablarle y, sobre todo, escucharle.


Extractado de Homilía de Fray Miguel Angel Ariz Vicario Provincial OFM Capuchinos de Chile, pronunciadas el 3 de noviembre de 2013.