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La sed de Dios


El Salmo 63 es como una radiografía antropológica en la que queda al descubierto la estructura trascendente y fundamental del corazón humano. Es difícil encontrar figuras poéticas que expresen de manera tan gráfica y potente lo que el salmista entiende como sed de Dios.


“Oh, Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”.


En el principio, Dios depositó en el suelo humano una semilla de sí mismo: lo creó a su medida, según su propia “estructura”, le hizo por El y para El. Cuando el corazón humano intenta centrarse en las criaturas, cuyas medidas no le corresponden, su ser entero se sentirá desajustado y sus huesos crujirán. Y, como dice San Agustín, …se sentirá entonces desasosegado e inquieto, hasta afirmarse finalmente y descansar en Dios.

Esta sed, o esta sensibilidad divina, en muchas personas es invencible; en otras, fuerte, y en otras, débil, de acuerdo con el don recibido. Hay también quienes no la recibieron en ningún grado. Otros —muchos— la dejaron atrofiarse por falta de cuidado y atención, o se les acabó extinguiendo —y éste es el caso más común— en el remolino de la desventura humana.


Y así se explica el hecho siguiente: ciertos fenómenos trágicos del alma humana no son otra cosa sino la otra cara de la sed de Dios. La insatisfacción humana, en toda su grandeza y amplitud, el tedio de la vida, ese no saber para qué está uno en el mundo, la sensación de vacío, el desencanto general..., no son otra cosa que la otra cara del Infinito. ¡Criatura singular el ser humano, que lleva reflejado en lo más profundo de sus aguas la imagen de Dios! Y, por esta impronta eterna, somos, inevitablemente, buscadores instintivos del Eterno.



Extractado del libro Salmos para la vida, del padre Ignacio Larrañaga