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La mirada de la fe


Cuando la enfermedad o la tribulación nos afligen, en ese momento, podemos comprender que todo en la vida llega a ser como una vana quimera. Como consecuencia se despluman las ficciones, se destiñen los atavíos artificiales y nos despertamos, no sin desengaño, a la realidad verdadera.


Sin sufrimiento no hay sabiduría, pero la tribulación resulta tan amarga que no queremos saber nada de eso y volvemos la cara a otra parte.


Generalmente sucede lo siguiente: cuando los golpes caen por sorpresa sobre uno, nos envuelve como una polvareda emocional y no vemos nada. En ese momento es muy difícil disponer de una mirada de fe porque no se ve a primera vista más que la fatalidad cósmica o la perversidad humana. Nos parece que todo sucede al azar, inexorablemente, y que detrás de los acontecimientos no hay nada ni nadie.

Pero, después de un cierto tiempo, al tomar una razonable distancia y perspectiva, y tender una larga mirada, la mirada de la fe, en ese momento comenzamos a comprender que lo que sucedió fue una pedagogía divina y, en el fondo, una predilección liberadora.



Del libro El arte se ser feliz del padre Ignacio Larrañaga