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La era del Amor


Nicodemo era un maestro de la ley, y un fariseo eminente, un hombre a quien ni la ciencia ni la eminencia le habían cerrado al espíritu; en suma, un corazón sincero y abierto. Sin embargo, pertenecía a la estructura jerárquica, lo que le obligaba a proceder con cautela, ya que Jesús estaba en entredicho.


No obstante - no sabemos por qué -, sentía una profunda admiración por Jesús, y deseaba ardientemente entrevistarse con él. Por lo que, como hombre precavido, fue a verlo de noche, clandestinamente. Jesús lo recibió cordialmente, y, sentado los dos a la indecisa luz de una lámpara, comenzó a decir Nicodemo. - Los ecos del Jordán han rebotado en nuestros muros, Maestro de Nazaret.


Estamos informados de que el dedo de Dios ha marcado una señal en tu frente. He seguido tus pasos, y he podido observar de cerca el poder de tu brazo y la claridad de tu mente. —Maestro de la ley —respondió Jesús—, el amor convierte el viento en canción, a condición de que la flauta esté vacía.


A los que dan con alegría, se les dará la alegría como premio, a condición de que el corazón esté vacío de sí. Estoy entonando una canción para ustedes, pero no han danzado, porque son demasiado viejos, y tienen los huesos endurecidos: hay que nacer de nuevo, maestro de la ley.


Los he invitado a ascender a lo más alto de la montaña, para poder contemplar desde allí la belleza del mundo, pero me han respondido: vivimos en el valle, y dormimos en las grutas. En verdad, en verdad les digo: si no dejan las grutas, si no salen de nuevo del seno materno a la luz, no tendrán idea del Reino. Es necesario nacer de nuevo, Maestro de la ley. - Los viejos - replicó Nicodemo - descienden a la tierra con los huesos duros y descalcificados. Nunca se ha visto una carne envejecida transformarse en rosada carne de bebé. ¿Acaso es posible regresar al seno materno para volver a nacer? - ¿Has visto alguna vez el viento, Maestro de la ley? - preguntó Jesús.


Suena, aúlla arrastrando hojas amarillas, mueve las aspas de los molinos, pero no sabes de dónde viene y a dónde va. Entre las piedras del desierto, donde menos se piensa, nace una flor silvestre, humilde, graciosa. Así de imprevisible es el espíritu. De una almendra brota un almendro, de una bellota, un roble; de la mora, la zarzamora; de la carne, nace la carne; y del espíritu, el espíritu. Pero la cuestión es esta: hay que nacer de nuevo. He visto asomar a tus ojos la extrañeza, porque te dije: hay que nacer de nuevo. Cae la noche, nace el día. Se muere a la carne, se nace al espíritu. En verdad, en verdad te digo: sí no te haces diminuto como una semilla, no podrás volver a nacer. Sólo entrarán por la puerta del Reino los vacíos de sí mismos, los despojados, los insignificantes. —¿Cómo puede ser así, Maestro de Nazaret? —agregó Nicodemo—. No entiendo una palabra de lo que estás diciendo. —Sólo se sabe aquello que se vive —respondió Jesús—. Antiguamente se dijo: Dios es fuego. Yo te digo: Dios es Amor. Nosotros hablamos tan sólo de lo que hemos visto y oído desde el principio. Dios no está hecho de sílice, sino de fibras vivas.


Nosotros hemos experimentado corrientes de ternura emanadas del corazón del Padre; y damos testimonio de lo que hemos visto y oído; pero ustedes cierran los ojos a nuestro testimonio. —De manera alguna —respondió Nicodemo—. Mi alma está abierta a tu palabra, como una flor al sol. —Ustedes sólo entienden de cálculos humanos —dijo Jesús—: tanto te doy, tanto me das; tanto se paga, cuanto se gana; para tal causa, tal efecto; a tal mérito, tal premio; a tal pecado, tal castigo. En verdad te digo: son leyes que pertenecen a la era terrena. He venido a inaugurar la era celestial. Aquél que camina sobre la vía láctea miró a este mundo y no vio otra cosa que piedras, ortigas y zarzas. Desde el fondo de sus entrañas sintió ascender una llama viva de amor: era su propio Hijo. Entonces, un vendaval azotó las costas del océano del Padre: era la compasión. A continuación, un fuerte viento golpeó sus puertas: era la misericordia. Finalmente, una suave brisa se paseó por su corazón: era la ternura. Entonces, el Padre decidió enviar a su Hijo único, el amadísimo, no para condenar, sino salvar al mundo. Desde entonces, nada se merece, todo se recibe Esta es la era celestial, la de la gratuidad, la del amor. Del libro El pobre de Nazaret de padre Ignacio Larrañaga


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