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El siervo de Dios


“Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados,

y los aliviaré.

Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí,

que soy manso y humilde de corazón;

y hallarán descanso para sus almas.

Porque mi yugo es ligero y mi carga liviana” (Mt 11, 28-30).


¿Hay una palabra mágica que pueda sintetizar estos magníficos frescos? ¿Amor? Aquí está, en todo caso, latente y palpitante, el misterio viviente del Pobre de Nazaret: la vía que va de la pobreza al amor. Con ello, ¿no habremos tocado la zona más profunda de Jesús?


Todo comienza por un “corazón pobre y humilde”. Jesús tenía una música secreta que sonaba en su corazón, como una melodía de fondo, y que volvía a resonar incesantemente como un cantus firmus.

El que nada tiene y nada quiere tener nada puede temer. Tenía una idea clara de su vocación, como si tuviera fijada en su mente su propia imagen, que correspondía a la figura y destino de una persona, no necesariamente histórica, imagen contemplada y asumida desde los días de su juventud: la figura y destino del Ebed-Jahvé, el Siervo de Jahvé.


Si el profeta no comienza por desprenderse, despojarse, desapropiarse, esto es, hacerse pobre, no puede servir a nadie; ¿Quién es Jesús de Nazaret? Alguien pobre-libre-disponible-servidor, que ha recorrido el camino de la pobreza al Amor.



Extractado del libro El pobre de Nazaret, del p. Ignacio Larrañaga

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