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El Pobre de Asís


Era el hombre más libre del mundo. Ninguna atadura lo vinculaba a nada. Nada podía perder porque nada tenía. ¿A qué temer? El Pobre de Asís, por no tener nada, no tenía proyectos o ideas claras sobre su futuro, ni siquiera ideales.


Aquí está la grandeza y el drama del profeta. Es un pobre hombre lanzado por una fuerza superior a un camino que nadie ha recorrido todavía, sin tener seguridad de éxito final y sin saber qué riesgos le esperan en la próxima encrucijada.


Por no saber nada, ni siquiera sabe de qué manera ser fiel a Dios al día siguiente. Le basta con ser fiel minuto a minuto. Abrir un camino, paso a paso, golpe a golpe, sin saber cuál será el paso siguiente a dar; abrir los ojos cada mañana y ponerse solitariamente en camino para seguir abriendo la ruta desconocida…


Cuando fallan todas las seguridades, cuando todos los apoyos humanos se han derrumbado y han desaparecido los atavíos y las vestiduras, el hombre, desnudo y libre, casi sin pretenderlo, se encuentra en las manos de Dios. Entregado, como esas aves desplumadas que se sienten gozosas en las manos cálidas del Padre. Cuando no se tiene nada, Dios se transforma en todo.

Dios está siempre en el centro, cuando todos los revestimientos caen, aparece Dios. Cuando todas las esperanzas sucumben, Dios levanta el brazo de la esperanza. Al hundirse los andamios, Dios se transforma en soporte y seguridad. Sólo los pobres poseerán a Dios.



Extractado del libro El Hermano de Asís, del padre Ignacio Larrañaga