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El acto de abandono, una ofrenda


La reflexión teológica de la primera comunidad cristiana imaginó de esta manera el destino histórico de Jesús: al entrar en este mundo, el Señor se encontró con un solemne arco de entrada.


Y sobre el frontispicio de ese arco estaban escritas, como una declaración de principio que resumía el sentido de su vida, estas palabras:


“He aquí que vengo, oh mi Dios, para cumplir tu voluntad” (Heb. 10, 7).

Para Jesús, abandonarse significó salirse de su propio interés y entregarse al Otro, posando confiadamente su cabeza y su vida toda en las manos de su querido Padre.


El acto de abandono es, pues, una transmisión de dominio, un dar el “yo” a un “tú”. Es un gesto “activo” porque hay una ofrenda total de la propia voluntad a la voluntad del ser querido. No se trata, pues, de meterse con resignación en la marcha fatal de los acontecimientos. Abandonarse es entregarse con amor a Alguien que me quiere y lo quiero, y porque lo quiero, me entrego.



Extractado del libro Muéstrame Tu Rostro de p. Ignacio Larrañaga