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Domingo de Ramos


Salió Jesús de Betania, rodeado de los suyos. Se le agregó un gran número de judíos que habían bajado de la Capital para ver a Jesús y Lázaro. Aquella aglomeración tenía ya para este momento el aire típico de una peregrinación: ambiente festivo, cánticos, gritos, salmos.


Hay que suponer que la mayoría conocía a Jesús; muchos de ellos seguramente lo habían escuchado, y es probable que algunos hubieran sido sanados por él. Al verlo, no sólo se alegraron, sino que, con los brazos erguidos, lanzaron al aire gritos de saludo. La multitud era ya compacta, y el entusiasmo había prendido en los corazones de todos como llamaradas incontrolables, con las primeras alusiones al “rey de Israel”.

Los discípulos le trajeron el humilde asno, sobre el que el Maestro se sentó. El delirio se apoderó de la masa, las gentes corrían, unos delante, otros detrás de Jesús, extasiadas, arrebatadas por un ímpetu desconocido, alfombrando el camino con mantos y túnicas, adelantándose algunos para cortar ramas de olivo y palmeras, y enarbolándolas como estandartes, no cesaban de gritar: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”.


¿Y Jesús? Hacía mucho tiempo que no sentía el calor de las multitudes, como hoy. Sabía muy bien que la fiesta de hoy no era más que un pequeño refrigerio, una leve gratificación antes de entrar en la ruda escena de la tragedia final.


La multitud debió ser muy numerosa, levantando una espesa polvareda a su paso, entre gritos y batir de palmas. Esta manifestación fue tan humilde como calurosa. Los habitantes de Jerusalén le dieron una recepción clamorosa, incluso cordial, debió tratarse de una especie de contagio colectivo debido a la exaltación del pueblo. En suma, el día debió resultar para Jesús una jornada bella y gratificante.



Extractado del libro, El pobre de Nazaret del padre Ignacio Larrañaga