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De la desolación a la consolación


San Pablo descubrió que la consolación brota de la desolación. Había sobrevivido a una tribulación desgarradora hasta el punto de sentir en su carne la garra de la muerte; allá mismo comprobó al Dios de toda consolación que consuela sobre toda medida. Su Segunda Carta a los Corintios es la Carta Magna de la consolación bíblica. La introducción al capítulo primero es un juego alternado de consolación y desolación. Da la impresión de que ambas impresiones acababa de “sufrirlas” de manera vivísima.

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación mediante el consuelo con que nosotros somos consolados.


Si somos atribulados, lo somos para consuelo y salvación vuestra. Si somos consolados, lo somos para el consuelo vuestro, que les hace soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos.


Es firme nuestra esperanza respecto de ustedes; pues sabemos que como son solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo serán también en la oración.” (2 Cor. 3-8).



Del libro Muéstrame tu Rostro. Hacia la intimidad con Dios, del padre Ignacio Larrañaga