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Transfiguración
La sensible alma de Jesús habría sido sacudida una y otra vez, como cuando una marea inunda una playa, por la presencia del Sin-Nombre en una proximidad arrebatadora, pudiendo decir con el salmista:
“Tus torrentes y tus olas
me han arrollado” (Sal. 41/42)
Esto es lo que ocurrió —permítaseme conjeturar— en el hecho de la transfiguración. En su narración dice Lucas: “Mientras estaba orando, el aspecto del rostro de Jesús cambió...” (Lucas 9, 29). Podemos concluir, a partir del contexto de la narración, que era tal la intensidad, la posesividad y la concentración del alma de Jesús en Dios que, ante el empuje de las energías espirituales, cedieron las leyes fisiológicas produciéndose un cambio, no sabemos de qué naturaleza, en el semblante de Jesús, igual que en el caso de Moisés en otro tiempo. En una palabra, Jesús se “hizo” una viva transparencia de Dios, irradiándose el fulgor de Dios en su vestido, en su semblante y en su contorno.

En estos encuentros Jesús fue experimentando que el Admirable es el único bien
por el que vale la pena jugárselo todo. Si supierais hasta qué punto Dios es el Gran Tesoro, venderían los campos, hipotecarían las casas, abandonarían la profesión para poder “poseer” ese Tesoro (Mt, 13, 44).
Los pájaros tienen sus nidos, las raposas sus madrigueras donde dormir. El Hijo del Hombre no sabe qué comerá mañana y dónde dormirá pasado mañana. Ha renunciado a toda seguridad y ha constituido a Dios como su único Refugio y Seguridad (Mt. 8, 20).
Extraído del libro “Muéstrame tu Rostro” de padre Ignacio Larrañaga




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