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El meditador es expresivo y elocuente. En su interior bulle una actividad de colmena, en un perpetuo ir y venir, saltando sin cesar de las premisas a las conclusiones, de las inducciones a las deducciones. La cabeza del meditador está poblada de conceptos que incansablemente analiza y descifra, distingue y divide, explica y aplica.





El contemplativo, en cambio, está sumergido en el silencio. En su interior no hay diálogo, pero sí una corriente cálida y palpitante, aunque latente, de comunicación. Es el silencio poblado de asombro y presencia que sentía el salmista cuando decía: “Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra” (Sal. 8).


No afirma nada. Nada explica. No entiende ni pretende entender. Llegó al puerto, soltó los remos y entró en el descanso sabático. Está en la posesión colmada en que los deseos y las palabras callaron para siempre. Ahora la unión se consuma de ser a ser, de dentro a dentro, de misterio a misterio.


Al contemplativo le basta estar “a los pies” del Otro sin saber y sin querer saber nada, sólo mirar y saber que es mirado, como en un sereno atardecer en que se colman completamente las expectativas, donde todo parece una eternidad quieta y plena. Podríamos decir que el contemplativo está mudo, embriagado, identificado, envuelto y compenetrado por la Presencia, como dice fray Juan de la Cruz:


“Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.”


Del libro Muéstrame tu Rostro de p. Ignacio Larrañaga

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