- 27 mar
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La entrada mesiánica de Jesús
¿Qué pretendía el Pobre con esta solemne entrada en Jerusalén? Sabiendo que su martirio era un hecho y su vida “perdida” y “ganada”, ¿quería ordenar los acontecimientos para que el martirio redentor tuviera lugar, como una solemne puesta en escena, en una fecha significativa, ante la nación entera y en presencia de las autoridades?
Al bajar Jesús del Monte de los Olivos, la multitud debió ser muy numerosa, levantando una espesa polvareda a su paso, entre gritos y batir de palmas. Después de atravesar el torrente Cedrón, ascendió la bulliciosa procesión por la pendiente que conducía a la Puerta Dorada, la cual, a su vez, se abría directamente a la explanada del templo.

Esta manifestación fue tan humilde como calurosa. Los habitantes de Jerusalén le dieron una recepción clamorosa, incluso cordial, sobre todo aquéllos que estaban informados y conmovidos por lo sucedido con Lázaro.
Los discípulos le trajeron el asno, sobre el que el Maestro se sentó humildemente. El delirio se apoderó de la masa, en medio de una confusión, casi irracional: las gentes corrían como enajenadas, unos delante, otros detrás de Jesús, extasiadas, arrebatadas por un ímpetu desconocido, alfombrando el camino con mantos y túnicas, adelantándose algunos para cortar ramas de olivo y palmeras, y, enarbolándolas como estandartes, no cesaban de gritar: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el que viene de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”.
En suma, el día debió resultar para Jesús una jornada bella y gratificante.
Su Padre le dio a gustar al Hijo un anticipo fugaz de su futuro Reino universal y eterno.
Extraído del libro “El Pobre de Nazaret” de padre Ignacio Larrañaga




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