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Jesús y su misión divina
Ya sabemos qué cosa es la adolescencia: lago agitado, vientos que golpean, impresiones que desconciertan; en fin, la travesía de un remolino. Debieron ocurrir en las profundidades del Adolescente Jesús, grandes novedades, fuertes experiencias espirituales; misteriosas fuerzas debieron agitarse, no exentas de perplejidades y sobresaltos.
El adolescente debió sentir todo el peso de la gloria divina en un contraste: en Nazaret era todo tan vulgar, y aquí, en Jerusalén, todo tan espléndido: tanto esplendor y tanta maravilla para realzar al Maravilloso. El Adolescente debió sentirse tan abrumado por el peso de tanta gloria, vencido por la enorme realidad de Dios, que, seducido y cautivado decidió quedarse en el templo.

“Madre mía, ¿por qué me buscaban?” Mi Padre es mi madre. Un meteoro puede salirse de su órbita y perderse en los espacios siderales, pero yo vivo acurrucado en el hueco de su Mano, y no puedo perderme. Falla un eslabón, y falla toda la cadena de las generaciones, pero una corriente inmortal nos une al Padre y a mí, y, así, somos una cadena sin eslabones. Nunca me pierdo, Madre: en la arena del desierto, en el seno del mar, en los cerros soleados, siempre estoy solo, pero nunca solitario, perdido, sí, pero a la vez encontrado.
Extraído del libro “El pobre de Nazaret” de padre Ignacio Larrañaga




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