- hace 3 días
- 1 Min. de lectura
En manos de la esperanza
El salmista desterrado continúa consigo mismo, cimbreándose entre la nostalgia y la esperanza, consolándose como mejor puede. A la vista de estos lugares había nacido y crecido antaño su amistad con el Señor; y ahora, al evocarlos, por un resorte de asociación, se le despierta vivamente el recuerdo del Señor.
Y, con fantasía poética de alta inspiración, el exiliado se entrega a un juego de simbolismos y realismos.

Efectivamente, en las primeras estribaciones del Hermón, el agua, increíblemente clara y fresca, baja saltando y cantando de quebrada en quebrada. El salmista imagina cómo una quebrada dedica a la otra una canción con voz de cascadas: “Tus torrentes y tus olas me han arrollado” (v. 8). Un símbolo: asimismo, en su alma, las olas de tristeza y los torrentes de aflicción han anegado toda la planicie.
Entre estas agitadas alteraciones de pronto brilla el sol de la esperanza para el exiliado: yo sé que mi Dios me mirará con ternura y me ceñirá con el manto de misericordia por la mañana; y por la noche yo entonaré al son de la cítara una serenata de amor para mi Señor (v.9) Después de tantos altibajos, finalmente el salmista desciende al valle de la serenidad, y, en diálogo consigo mismo, se entrega definitivamente en las manos de la esperanza (v.12)
Extraído del libro “Salmos para la vida” de padre Ignacio Larrañaga




Comentarios