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Acoger el misterio infinito de Dios

Una cosa es tener en la cabeza la idea de que el fuego quema, y otra es meter la mano en el fuego, así́ tener la experiencia de que el fuego quema. Una cosa es tener en la mente la idea de que el agua sacia la sed, y otra es beber un vaso de agua fresca en una tarde de verano, y así́ tener la experiencia de que el agua sacia la sed. Sabemos teóricamente que tal sinfonía es magnifica, pero otra cosa es estremecerse hasta las lágrimas al escucharla. Sabemos que Dios es amor porque lo hemos aprendido en la catequesis, pero otra cosa es temblar de emoción ante una presencia infinitamente amante y amada.

Una cosa es la palabra de Dios y otra cosa es Dios mismo. Una cosa es la palabra amor y otra cosa es el amor. Dios no es una teoría, ni una teología. Es una persona concreta, y a una persona se la conoce por medio del trato personal; y ese trato personal confiere aquel conocimiento (experimental) «que supera todo conocimiento». Si no nos echamos de cabeza en el mar de Dios, nunca sabremos quién es Dios.


Nadie tiene derecho a hablar de Dios si no habla con Dios, porque, de otra manera, pronto nos transformamos en bronces que resuenan o en simples jugadores de palabras vacías. Así́ se comprende que, en la Iglesia, haya frecuentemente mucha productividad y estadísticas brillantes, pero también está a la vista que tal productividad no es proporcional a la verdadera fecundidad. La productividad depende del esfuerzo humano, y es una actividad cuantificable y reductible a cifras y estadísticas. La fecundidad, en cambio, depende de Dios mismo: él es el único autor de la gracia, gracia que es distribuida a través de siervos humildes y sinceros amigos del Señor.


Extractado del libro “Itinerario hacia Dios” de padre Ignacio Larrañaga