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Los regalos de Dios


Al día siguiente, el Hermano dijo a fray León:


Hermano León, dediquemos el día a nuestro bendito Amor, el Señor Dios Padre.

Comenzaron a escalar una montaña no muy alta pero de hermosa forma cónica, y muy roqueña. Subieron muy lentamente porque no había veredas. Fray León condujo al borrico y su sagrada carga dando amplios rodeos para evitar la verticalidad. Por todas partes se veían pequeñas encinas, negros cipreses,

castaños de ancha copa, matorrales, bojs y peñascos audaces.

Se sentaron para descansar. Francisco se sentía feliz. Si bien estaba perdiendo la vista por completo, conservaba el olfato con alta sensibilidad.

Hermano León, me parece sentir el aroma del tomillo. ¿Será verdad?

Se levantó fray León y pronto regresó con un manojo de tomillo. Francisco lo olfateó, aspiró intensamente su perfume, y dijo:

Bendito seas, mi Dios, por el hermano tomillo. Hermano León —dijo luego—, siempre he oído decir que la sensación más placentera que Dios puede conceder al hombre es la de aspirar al mismo tiempo el perfume del tomillo y el del romero.

¿Será verdad?

Al instante se levantó fray León, y al cabo de un buen rato volvió con unas matas fragantes de romero.

Francisco juntó los dos manojos y aspiró. Quedó casi embriagado, diciendo:


¡Oh… Señor, Señor…, ¡oh… regalos de Dios! Soy el hombre más dichoso de la tierra. Qué hermosa es la existencia, hermano León. El día que yo llegue a la eternidad, plantaré tomillo y romero por todas las montañas del paraíso. Escribe, hermano León: Sólo los pobres participarán de la embriaguez de la tierra y del asombro del mundo. Sólo los pobres gustarán de las golosinas del Padre. ¡Qué dicha la de ser pobres por amor!


Extractado del libro “El Hermano de Asís” de padre Ignacio Larrañaga