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Los que nada tienen

Los desvalidos, los que nada son y nada esperan de sí mismos, los que no se las dan de entendidos, los excluidos de la Sinagoga..., éstos son los que tienen acceso al Padre de las misericordias, y se sientan a su mesa. Efectivamente, de los pobres es el Reino y la fiesta. Ellos experimentan, con toda naturalidad, la gratuidad del amor: ya que nada tienen y de nada se sienten merecedores, todo lo que reciben tiene color y sabor de gratuidad.

Al experimentar el contraste entre la indigencia humana, por un lado, y el amor gratuito y las riquezas del Padre, por el otro, brota, impetuoso y festivo, desde el corazón del pobre, ese sentimiento, mezcla de fe y seguridad, que llamamos confianza. El pobre, en lugar de dejarse deprimir por su propia nada, con su secuela de complejos y amarguras, siente por ella una secreta alegría, porque

comprende que esa su nada invoca, convoca y reclama, y aún de alguna manera “merece” las riquezas de la misericordia del Padre.

De ahí ese grito de confianza que, más bien, parece un grito de omnipotencia: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿A quién temeré?” (Sal 27). Percibimos ahí un salto acrobático desde la nada al todo, a impulsos de un corazón poblado de exultación y desafío. Parece un preludio de las bienaventuranzas: los últimos y los carentes de todo, y precisamente en virtud de esa carencia, recibirán, por ley de compensación, y gratuitamente, la plenitud de la dicha.

Del libro Salmos para la vida de p. Ignacio Larrañaga

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