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La esencia de la Devoción


La devoción es un don especial del Espíritu que dispone al alma para cualquier obra buena. Con frecuencia la gente confunde la devoción con la emoción. Ciertamente, la devoción contiene algunos ingredientes afectivos, pero es esencialmente otra cosa.


Resumiendo, la devoción es prontitud, disposición, o mejor, disponibilidad. A veces, sólo a veces, es el resultado de una visitación divina que se hace presente durante la oración, y sostiene al alma en la alta fidelidad de la actividad orante.

La devoción nos hace fuertes para superar las dificultades, aleja la tibieza, llena el alma de generosidad y hace superar con facilidad las pruebas. La esencia de la devoción no es la emoción, sino la prontitud y la resolución. Jesús sentía, en la crisis de Getsemaní, aridez y tedio; pero, al mismo tiempo, tenía prontitud y resolución para cumplir la voluntad del Padre.


Sin embargo, tal como hemos dicho, la devoción contiene también algunos componentes emotivos, una emotividad que con frecuencia es un factor temperamental. Pero esa emoción no está necesariamente en proporción al verdadero amor; el termómetro exacto del amor es la disposición para cumplir la voluntad del Padre.


Podemos afirmar que toda devoción gozosamente sentida, que impulsa al alma a la superación de sí misma por medio de la negación, es buena. De otra manera encierra peligros sutiles de narcisismo, glotonería espiritual, cualquier cosa parecida a un egoísmo sutil y alienante.


Porque se puede buscar la dulzura de Dios en lugar del Dios de la dulzura.



Extractado del libro "Itinerario hacia Dios" del padre Ignacio Larrañaga