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El Espíritu Santo y la Madre


No sé qué tiene María. Allá donde ella se hace presente se da una presencia clamorosa del Espíritu Santo. Esto acontece desde el día de la Encarnación. Aquel día —yo no sé cómo explicar— fue la “Persona” del Espíritu Santo la que tomó posesión total del universo de María. Desde aquel día, la presencia de María desencadena una irradiación espectacular del Espíritu Santo.


Cuando Isabel escuchó el "¡hola, buenos días!" de María, automáticamente “quedó llena del Espíritu Santo” (Lc 1,41). Cuando la Madre estaba en el templo, con el niño en los brazos, esperando su turno para el rito de la presentación, el Espíritu Santo se apoderó del anciano Simeón para decir palabras proféticas y desconcertantes.

En la mañana de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo irrumpió con fuego y temblor de tierra, sobre el grupo de los comprometidos ¿acaso no estaba este grupo presidido por la Madre? (He 1,14). No sé qué relación existe: pero algún parentesco misterioso y profundo se da entre estas dos “personas”.


En el libro de los Hechos se describen los primeros pasos. ¿No es verdad que esa Iglesia naciente, que estaba presidida por la presencia invisible del Espíritu Santo, estaba también presidida por la presencia silenciosa de la Madre, como hemos visto más arriba?


En todo caso, si los apóstoles recibieron todos los dones del Espíritu en aquel amanecer de Pentecostés, podremos imaginar qué plenitud recibiría aquella que antes recibiera la Presencia personal y fecundante del Espíritu Santo. La audacia y la fortaleza con las que se desenvuelve la Iglesia en sus primeros días, ¿no sería una participación de los dones de la Madre?


Con estas reflexiones, llegamos a comprender lo que nos dice la investigación histórica: el culto y la devoción a María se remonta a las primeras palpitaciones de la Iglesia naciente.



Extractado del libro El Silencio de María de padre Ignacio Larrañaga