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Con Dios en el alma


La pobreza era exigente en Rivotorto. Eran los meses de otoño e invierno. Los hermanos a duras penas se defendían contra las heladas y los aguaceros. Encendían fogatas para calentarse y secarse. A veces no tenían nada que comer.


—Éste es el noviciado de la nueva orden de caballeros de Cristo —pensaba el Hermano.Con lacomprensión del Señor, séanos permitido abandonar por unos meses las salidas apostólicas—les dijo a los hermanos. Necesitamos crecer en la oración, en la obediencia y, sobre todo, en la fraternidad.


¡Oh, el corazón del hombre! —pensaba Francisco—. Se puede entregar el cuerpoalas llamas, pero de pronto la añoranza puede inclinarlo como una caña de bambú.

Conociendo los lados flacos del ser humano, el Hermano los reunía todos los días y les repetía estas palabras: —Hermanos carísimos; Dios es nuestra esposa. Dios es nuestro fogón. Dios es nuestro banquete.Dios es nuestra fiesta. Teniendo a Dios en el alma, la nieve da calor, y los inviernos se transforman en primaveras. Desventurados de nosotros si no nos asistiera el Señor. Nos arrastrarían las corrientes de la tentación como esas aguas del torrente y sucumbiríamos.


Francisco les enseñaba a zambullirse en los abismos de Dios. Al regresar de esas latitudes, los hermanos eran capaces de afrontar la escarcha y la nieve y la nostalgia.



Extractado del libro El hermano de Asís del padre Ignacio Larrañaga