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Circuito vital


El proceso de liberación que nos llevará al reino de Dios, al reino de la fraternidad y a la madurez personal, se efectuará en el encuentro con Dios, en un circuito que va desde la vida a Dios y desde Dios a la vida.


Moisés y Elías— no encontraron a Dios en el fragor de las tormentas militares, sino que se retiraron a la soledad completa, y allí adquirieron el temple y la reciedumbre para las batallas que se avecinaban. Otro tanto le ocurrió a Jesús.


Ese Dios con quien he “tratado” en la oración, a quien he “visto”, ese Padre amantísimo que tiene que “bajar” conmigo a la vida; esa presencia de Dios debe perdurar y ambientar mi vida, y “con El a mi derecha” tengo que dar la gran batalla de liberación.

El encuentro con Dios es como un motor que engendra fuerzas. Uno ha estado con Dios. Lo ha sentido tan vivo que su presencia inconfundible nos acompaña adondequiera que vayamos... Se nos presenta una gran dificultad: cómo perdonar una ofensa, sentimos un gran rechazo en aceptar a alguien que no nos agrada. Por amor a ese Dios a quien sentimos presente, afrontamos la situación y superamos el rechazo. Al hacer este vencimiento, el amor por Dios crece (diría, “crece” Dios: es decir, Su Presencia es más densa en mí). Este amor nos empuja a un nuevo encuentro con El. Este es el circuito vital.



Extractado del libro Muéstrame Tu Rostro, del padre Ignacio Larrañaga