P. LARRAÑAGA: Y UD. ¿CÓMO ORA?

Al habla con el iniciador y mantenedor de “experiencias de dios”.

Y usted ¿cómo ora?

Pregunta difícil de responder. Siempre he sido remiso a manifestaciones de esta clase. Comienzo por confesarle que no es mucho el tiempo en que comencé a llevar en serio la vida con Dios: unos veinte años. No son muchos, como ve, pero, mirando atrás, me parece tan largo el camino, y, en su recorrido, sucedieron tantas cosas…Hubo de todo: largas épocas de aridez en que Dios era silencio pertinaz entonces sufría de desaliento e impaciencia, sufría mucho; épocas de normalidad; momentos de gloria por los que valía la pena de esperar una eternidad, y que quedaron marcados en mi alma como cicatriz de luz que todavía está iluminando mi ruta. Hubo de todo.

En una época determinada de mi vida, se dieron en mí experiencias, entiendo que de carácter infuso, del amor y de la ternura de Dios Padre. Desde entonces, mi relación habitual -no siempre- en la oración, es con el Padre y, como consecuencia, la actitud fundamental de mi alma ha sido la del abandono. Y por eso también, el mensaje central que trato de dejar en los Encuentros es la de la feliz noticia de la ternura de Dios, y la actitud interior, por cierto, profundamente liberadora que trato de inculcar, es la del abandono.

Que ¿cómo oro? Hay días en que debido a factores de dispersión o no se sabe qué, necesito de apoyos como por ejemplo una frase, a modo de jaculatoria reiterada. Con frecuencia oro escribiendo.

Hay días en que, debido a no se sabe que imponderables (¿procesos bilógicos?, ¿influencias climáticas?, ¿emanaciones telúricas? ) no me sale nada. En esos días – no tan frecuentes- tengo que conformarme con hacer pacientemente una lectura reposada y atenta de la Palabra.

Cuentenos algo sobre los “encuentros de dios”

Podría decirle que de cierta manera, estos Encuentros brotaron espontáneamente, casi sorpresivamente, por lo demás como muchas cosas de mi vida. Me explicaré.

Por aquellos tiempos, le estoy hablando de unos quince años atrás, había en los ambientes eclesiásticos en que yo movía tanta confusión, tal grado de secularismo que se subestimaba abiertamente, y con frecuencia hasta se despreciaba, la actividad orante.

Todo lo que no fuera promoción humana, se descalificaba sin más con la famosa palabrita alienación (por cierto, palabra inventada por Marx). Recuerdo aquel seminario de estudiantes de teología, en cuya puerta de la capilla apareció un día esta inscripción: “he aquí la escuela de alienación”. La vida con Dios, en los medios clericales, había sufrido un descenso casi vertical mientras se vaciaban los seminarios, muchos abandonaban el sacerdocio y la piedad naufragaba por completo. Se estaba de tal manera absolutizando lo relativo y relativizando lo absoluto que entendí que había llegado la hora de gritar como en los tiempos antiguos: Recuerda, Israel, no hay otro Dios sino Yahvé Dios.

Por otra parte, por aquellos años, había acaecido en mi vida, no sé cómo decir, cualquier cosa parecida a una especial intervención divina en que todo te cuestiona y te desafía, en que todo cruje y los valores suben y bajan, en fin, un acontecimiento. Por aquel tiempo yo me retiraba a las montañas, al menos un día a la semana, y el medio de comunicación que utilizaba para el trato con el Señor eran los profetas -Isaías preferentemente- y los salmos. Si me preguntaran por mi formación, diría que de alguna manera me siento formado en las montañas, con los profetas.

 

Ahora bien, ¿cuántos son, dónde están estos maestros de oracion? ¿cuántos cristianos, cuando sienten necesidad de caminar a fondo hacia el interior de dios, buscan a un sacerdote?

Yo estoy en condiciones de informarle de un hecho doloroso que yo mismo lo he presenciado y que nadie puede desmentírmelo, a saber: las grandes capitales del continente americano están llenas de gurús budistas, maestros de meditación trascendental, importados del Ceilán, Paquistán, de la India o del Japón. Y cuando las gentes sienten una inquietud interior y los deseos de trascendencia buscan siempre a esta clase de maestro.

Y este es un enorme desengaño para la Iglesia: ¿dónde están aquellos hombres de iglesia que sean capaces de tomar un grupo sediento de Dios y de conducirlo evolutiva y firmemente por los caminos de Dios? Y si no se hace esto, todo lo demás es andarse por las ramas y fuera de órbita. Al final desembocamos en una cuestión de principio de identidad: ¿quién o qué cosa soy? Sé demasiado bien que a estas preguntas y desafíos los eclesiásticos saben responder con una retahíla de racionalizaciones y un torrente de palabras. Pero, después de todo, no dejan de ser eso: un montón de palabras.

No estoy, como puede imaginar, señalando culpables sino fenómenos. Yo sé que nadie tiene la culpa; porque este vacío de maestros de vida en la Iglesia, viene, creo, desde muy lejos, y básicamente –según entiendo- de la misma formación clerical: una formación notablemente racionalista en que a Dios se le transforma en un ente abstracto y en un juego de palabras. Frente a las innumerables facultades de teología, diseminadas por todo el mundo, ¿dónde están las Escuelas de Oración donde se enseña a tratar a Dios, persona viva y verdadera, de una manera práctica, pedagógica y ordenada? Este es el principal vacío que siento en la Iglesia católica.

Y usted que tanto se mueve en el continente americano, ¿cuál es, según su parecer, la necesidad mas urgente en las iglesias de hispanoamerica?

Le responderé lapidariamente. La de enlazar la contemplación y el compromiso. Se están dando pasos en este sentido pero todavía estamos lejos de la meta.

Por un lado, la oración había sido poco comprometida: los que identificaban la actividad orante con evasión no andaban lejos de la verdad. La dimensión contemplativa de Jesús es un hecho evangélico espectacular y cuestionador: yo me he encontrado con más de veinte textos evangélicos donde se nos dice que Jesús se retiraba siempre solo generalmente de noche y casi siempre a una montaña o lugar retirado. Le diré más: si nos atenemos a los textos evangélicos muy pocas veces aparece Jesús asistiendo a la liturgia del templo o de la sinagoga mientras que las características externas de su oración son, más bien, las de un anacoreta. De todas formas, la dimensión contemplativa de Jesús descuella como una cumbre prominente.

Pero si este hecho es notable, hay otro hecho en la vida de Jesús todavía más explosivo y desafiante: su entrega preferencial, casi exclusiva, a todos los olvidados y abandonados de la sociedad de su tiempo. Frente a una sociedad eminentemente clasista, dominada por los puritanos, leguleyos y formalistas del Sanedrín, Jesús, con gran escándalo de aquellos, se fue preferentemente con los explotados y pecadores, entregándoles su mensaje y atención, no exclusiva mas preferentemente. Es un hecho inquietante que está ahí como una ciudad de luz en lo alto reclamándonos, cuestionándonos, urgiéndonos a tomar posición, con un golpe de timón, a favor de los últimos, mucho antes que Medellín y Puebla nos desafiarían con sus insistencias. La cuestión es una: mirar a Jesucristo y actuar según este modelo.

Flota en nuestros ambientes la siguiente impresión: La de creer que los conservadores rezan mucho y se comprometen poco, y os progresistas se comprometen mucho y oran poco. Es posible que haya un fondo de verdad en estas afirmaciones.

Demasiado creyentes y por demasiado tiempo han hecho de la oración un quehacer vacío y estéril, dando abasto y satisfacción a su emotividad, sin comprometerse con aquellos con los que Jesús estuvo comprometido. Y, en el otro ángulo. Los llamados liberacionistas pro demasiado tiempo han desestimado los valores sobrenaturales y la oración; y, de tal manera han ensalzado las realidades terrestres y la promoción humana que, a veces, teníamos la impresión de que el nuevo nombre de Dios fuera hombre.

El en nombre de Jesús que enlazó los dos extremos de manera indisoluble, llegó la hora de hacer un esfuerzo sostenido para uncir en un solo yugo la contemplación y la lucha.

En breves palabras, ¿por qué se ora y por que no se ora?

Hay mucha gente –pienso que una gran mayoría del pueblo cristiano- que ora pidiendo favores en sus necesidades, y solo se acuerdan de orar cuando se ven apretados en una contingencia. No cabe duda de que este hábito -a pesar de ser una recomendación evangélica- es la forma menos pura de orar. Uno de los grandes méritos de la Renovación carismática es el haber introducido en el pueblo la oración “desinteresada” de alabanza.

Hay otro grupo de personas que oran en momentos de angustia y desazón interior, buscando en Dios la paz, porque saben por experiencia que solo Dios es el asiento del descanso.

Hay personas, también, que oran porque no pueden vivir sin Dios. Son aquellos que recibieron, como predisposición congénita de personalidad, una notable sed de Dios, un atractivo y nostalgia irresistible por Dios, que les hacen buscar al Señor casi inevitablemente a lo largo de sus días. Yo no sé si esto es gracia o es naturaleza. Tiendo a pensar que se trata de naturaleza: así como hay personas que nacieron con una sensibilidad extraordinaria para la música, otros han podido nacer con una sensibilidad particular para lo trascendente: especial gracia divina pero inserida en constitución genética. Esta clase de personas podrán tener retrocesos y recaídas, pero siempre se levantarán en busca del rostro del Señor, impulsados por el “instinto” divino.

Todos estos grupos de orantes, de alguna manera e implícitamente, se buscan a sí mismos en Dios. Entiendo que la Iglesias tiene que ser un Pueblo de Adoradores en espíritu y verdad, que busquen a Dios en sí mismo y por sí mismo, sin otra utilidad más que la de reconocer y reclamar su existencia, soberanía y amor.

Que ¿por qué no se ora? Seguramente tiene que haber en este hecho una gran complejidad de casualidades. Pero la observación de la vida me ha llevado a la conclusión de que la razón principal de este hecho es la siguiente: la desproporción entre los esfuerzos y los resultados, y cuando digo “resultados” (así, entre comillas) no me refiero a los efectos transformantes de la oración en al vida sino a la percepción o experimentación sensitiva del acto de orar.

Siendo la oración una convergencia entre la gracia y la naturaleza, y al ser la gracia pura gratuidad y la naturaleza pura inestabilidad, los “resultados” de la actividad orante serán necesariamente imprevisibles y no siempre a los esfuerzos humanos corresponderá la asistencia de la gracia.

Y, como estamos acostumbrados a las leyes de la rapidez y de la eficacia (a tanta acción, tanta reacción; a tal causa, tal efecto…) la gente comienza a desanimarse cuando ve que los “resultados” no corresponden a los esfuerzos, llega un momento en que todo le parece tan desproporcionado e irracional que, poco a poco, va “perdiendo la fe” en todo esto, y acaba por abandonar por completo la vida seria con Dios.

Otro factor es el miedo a Dios, como dijimos más arriba, miedo a comprometerse, miedo de que el Señor Dios, con la punta del dedo, comience a cuestionarse en todos los terrenos… y por ese miedo la gente prefiere quedar a una cierta distancia de tan temible interlocutor.

Nombre del semanario: Austral

Nombre del artículo: P. Larrañaga: Y Ud. ¿cómo ora?

Año: 1988

Fecha publicación: 1988, segunda semana de Marzo

País: Ecuador

Autor: s/a

Páginas: p.7