El Silencio de María

En este libro el Padre Ignacio Larrañaga nos hace descubrir a “la otra María”: la mujer de fe, la pobre de Dios, señora de sí misma, de admirable y envidiable entereza, tan llena de silencio y dignidad. El hilo conductor de la meditación que él realiza sobre María es su maternidad y su fidelidad al designio de Dios en la oscuridad y el silencio, la pobreza y la humildad.

En este texto elaborado y fluido, escrito al ritmo del corazón, se destaca la seriedad y claridad del discurso, siempre enmarcado en lo experiencial y vital.

De alguna manera, Ignacio Larrañaga proyecta en el itinerario de María hacia Dios su propia intimidad humana y espiritual, su propia “memoria” o su experiencia personal de María revistiéndola de una calidez y una con naturalidad en su proceso de comprensión y asimilación del misterio. María es el paradigma del “silencio” de Dios, más misteriosamente silencioso y gratuito cuanto más íntimamente sentido. “Todo lo definitivo lleva el sello del silencio” que abre espacios de libertad, la disponibilidad, la receptividad. Y por eso Ignacio Larrañaga eligió esta palabra, “silencio”, para definir su concepción de María en la historia de la salvación; porque ella es la “gran silenciosa” en los textos sagrados; y lo es, además, por su plenitud espiritual y su directa vinculación con el misterio. 

“Cuando digo silencio de María”, afirma su autor, “quiero decir profundidad, plenitud, fecundidad, dominio de sí misma, madurez humana, y lo que lo sintetiza todo: humildad y fidelidad”. Solo sabemos de María lo que nos transmiten los relatos de la infancia de Jesús, y muy poco más; y ella está ahí y en todo lo demás en función de su Hijo, o en razón de su maternidad. Pero así como está, -afirma el autor-, es perfecta, no hay que agregarle nada más. Pero hay que situar a María en su verdadera perspectiva, la de la mujer de fe y la peregrinatio fidei, como lo hizo el Concilio Vaticano II, el camino que se va haciendo, el desierto, la noche oscura, el silencio y la obediencia. Porque ella no era más que una mujer del pueblo, una “hija de Sión”, que no hizo otra cosa que “permitir que avanzara a través de ella la gloria de Dios -que ha preferido- derramarse por ella, fluir desde ella a lo lejos “y no de otra manera”. María es pues, la heredera de una tradición espiritual, la de los anawim, que, por designio de Dios se condensó en ella como una densa nube grávida de Espíritu para encarnar al Justo, el “siervo de Jahvé por excelencia”. La singularidad de María fue así fruto, se podría decir, de la conjunción del designio de Dios y de la culminación y la plenitud de un tiempo de hombre. El la preparó y la modeló desde la eternidad para ser el receptáculo del Verbo, pero la humanidad la reclamaba también como un fruto maduro. Y a esa explosión de la suma gratuidad ella respondió con una fidelidad suma; y esa es la razón de su singularidad. “De alguna manera, todo hombre- afirma Larrañaga- es lo que ha sido su madre; pero en el caso de Jesús debió ser así de una manera excepcional. ¿Cómo habría sido María psíquicamente, espiritualmente? Sólo sabemos lo que nos dicen los Evangelios, y es muy poco. Pero no hace falta nada más, basta mirar a Jesús”.

Extractado de Una aventura del Espíritu, Camilo Luquin Urabayen.