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Adorar no tiene utilidad, no da dividendos concretos. Más aún, el adorador en espíritu y verdad no se preocupa de tales utilidades. Si no comenzamos por aceptar esta “inutilidad” de Dios, nunca sabremos qué es adorar.



En el mundo occidental, la enfermedad se llama pragmatismo, y esta enfermedad, a la larga, conduce a la muerte. Debajo de todo, aun entre hombres de Iglesia, subyace la preocupación del “para qué sirve”. Frecuentemente nuestros criterios están contaminados por la preocupación inconsciente y omnipresente de la utilidad, y para dar luz verde a un proyecto, anteriormente lo hacemos pasar por este parámetro que, sin duda, es hijo camuflado del egoísmo y de la miopía.


En la adoración no existe ninguna finalidad, ni siquiera la de ser mejores. La adoración es eminentemente gratuita: ella consiste en celebrar por celebrar el Ser y el Amor porque El se lo merece, porque El es así, tan fuera de serie, que vale la pena que se sepa, que todo el mundo se entere, que todos lo reconozcan y se alegren con esa noticia, y que todos se sientan felices de que el Señor sea Dios. Si no se comienza por aceptar profundamente esta “inutilidad” de la adoración, caeremos progresivamente por los peldaños de la frustración.


Como un cirio que se consume inútilmente (inútilmente porque ya tenemos luz eléctrica), el adorador vive también inútilmente (por eso su vida es gratuidad), sólo para proclamar que Dios es grande. Es inútil que yo lo reconozca o lo proclame; quiero decir, lo aclame yo o no lo aclame como grande, El, de todas formas, es Grande. Mi trabajo es superfluo.


De esta manera, la mayor inutilidad se nos troca en la mayor utilidad, porque no hay cosa más transformante que la adoración gratuita. En el reino del adorador se desarman los juicios de valoración como andamiajes podridos; los movimientos egocéntricos pierden dirección e impulso; las leyes egoístas pierden vigencia como las costumbres obsoletas; al desaparecer el propietario se esfuman las propiedades y el hijo comienza a sentirse pobre, como que nada tiene teniéndolo todo; al tenerlo todo, desaparecen los deseos; al desaparecer los deseos, desaparecen los temores ya que el temor es un presentimiento de no alcanzar el deseo. Y, ¡oh paradoja!, por la gratuidad se llega a la plenitud.


Cuando el hijo asume y reconoce la Mismidad Amante del Señor Dios, es un adorador, y siente la sensación plena de libertad, se siente (¿cómo decir?) como liviano, ágil. Muerto o vivo, amargado o feliz, el Amor me cuida, me mira, me tiende la mano aunque yo no sienta en mi piel su caricia. Me dé cuenta o no, todo cuanto se extiende a mi vista es regalo del Padre y las cosas son hermosas.

Del libro Muéstrame tu Rostro del p. Ignacio Larrañaga

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