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Oración y Vida


Las características de los impulsos son la sorpresa y la violencia. Cuando estoy descuidado, soy capaz de cualquier torpeza. Cuanto más oro, más vivo está Jesús en mi conciencia, y, cuanto más vivo y alerta, más fácilmente neutralizaré mis impulsos y más amor habrá en mis reacciones.


Así, los impulsos de irritabilidad, capricho, envidia, venganza, sed de honor y placer... se superan en Jesús y con Jesús. Con esto crece el amor, y, como el amor es unitivo por ser peso (pondus, según san Agustín), crece la atracción o velocidad hacia Él, hacia un nuevo encuentro.

En el encuentro su presencia se hace de nuevo más densa. De esta manera, quedo yo más divinizado, es decir, queda en mí menos egoísmo y más amor. Salto a la vida, y con Jesús todo es fácil y todo tiene sentido. Vivir es un privilegio.


Cada logro se compensa con una gran alegría y satisfacción. Crece el peso, que me arrastra otra vez al encuentro y, del encuentro, a la vida de nuevo. Y así sucesivamente. Este es el circuito vital en el que la vida y la oración van de la mano en un crecimiento armónico y alterno.

Del libro Dios adentro, del padre Ignacio Larrañaga

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