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María nuestra Madre


En la vida —en toda vida— hay un padre y una madre. Mejor, una madre y un padre. La psiquiatría nos habla de la decisiva influencia materna sobre nosotros, antes y después de “salir a luz”, y también de los peligros de esa influencia por las fijaciones y dependencias. Todos conservamos, de los años de la infancia, el recuerdo de aquella madre que fue para nosotros estímulo y consuelo.


Por eso, Jesucristo nos reveló al Padre y nos regaló una Madre. Jesucristo entregó su Madre a la Humanidad para que la Humanidad la cuidara con fe y veneración; y entregó la Humanidad a su Madre para que ésta la atendiera y la transformara en un Reino de Amor.

Necesitábamos de otra Madre, una que nunca fuera alcanzada por la muerte. María nuestra Madre, es para cualquier momento consolación y paz. Ella transforma la aspereza en dulzura y el combate en ternura. Ella es benigna y suave. Sufre con los que sufren, queda con los que quedan y parte con los que parten. La Madre es paciencia y seguridad. Es nuestro gozo, nuestra alegría y nuestra quietud. La Madre es una inmensa dulcedumbre y una fortaleza invencible.


Extractado del libro El silencio de María, de padre Ignacio Larrañaga