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María, centro de la historia


El misterio de María se proyecta, como una luz, sobre la madre eterna, aquella que nunca muere y siempre sobrevive. La figura de María Madre asume y resume el dolor, el combate y la esperanza de las infinitas madres que han perpetuado la vida sobre la tierra.


La Encarnación abre una ruta, siempre hacia adelante y siempre hacia arriba, hasta que llegue la culminación final.


En María, se realizó un proceso personificador. “En” ella se identificaron, consubstancialmente, la humanidad y la divinidad. La naturaleza humana no es todavía la persona de Cristo; el Verbo Eterno, tampoco es, todavía, la persona de Jesucristo.


Cuando ambas realidades se identificaron en lo que llaman unión hipostática, entonces tenemos la persona de Jesucristo. Existió, pues, un proceso personificador. Y este proceso se llevó a cabo en el seno de María.


Podríamos decir que, simultáneamente, la humanidad asumió a la divinidad, y la divinidad asumió a la humanidad. Y este punto de convergencia, nudo central en la historia del mundo, se consumó “en” María. Según la Biblia, ella está situada en una intersección, ocupando un lugar central entre los hombres y Dios. El Hijo de Dios recibe de María la naturaleza humana y entra en la escena humana por este cauce.


En una palabra, en tanto Madre, María es, junto con Cristo, el centro y la convergencia en la historia de la salvación.

Extractado del libro El silencio de María, de p. Ignacio Larrañaga