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Imagen de sí mismo, ¿ilusión o realidad?


La mayoría de las tristezas íntimas del ser humano y de sus dificultades, en las relaciones interpersonales, nacen de la imagen que nosotros proyectamos (de nosotros mismos), cultivamos, alimentamos, servimos y adoramos. He aquí la fuente principal de las frustraciones interiores y de las colisiones fraternas.


Parece demencia o enajenación. Pero se vive así: entre el deseo y el temor. La mitad de la vida, luchamos a la ofensiva para dar a luz, alimentar y “engordar” (inflar) la imagen de sí mismo (prestigio personal, popularidad); y la otra parte de la vida luchamos a la defensiva, presa de temor, para no perder aquel prestigio.


A la inmensa mayoría de las personas no les interesa lo que se es, sino ‘cómo me ven’. Les interesa la imagen, más que la realidad; la mentira, más que la objetividad. Y así, las personas en la sociedad se lanzan a participar en esa carrera de las apariencias, en el típico juego de quién engaña a quién, de cómo causar mejor impresión.


Se podrían escribir libros enteros, demostrando cómo el mundo es un inmenso estadio en el que el orgullo de la vida juega el gran “match” de las etiquetas, formas sociales y exhibiciones económicas para competir por la imagen social, combate, en el que, a las personas, no les interesa ser, ni siquiera tener, sino aparecer.


¿Cómo librarnos de esas ilusiones que nos arrastran a tanta preocupación íntima y a tanta desventura fraterna? No podemos vivir en esa tensión, balanceándonos siempre entre el nombre social y los sueños imposibles. No es posible la paz interior ni el amor fraterno, en tales circunstancias. Gran parte de nuestras energías son quemadas por esas preocupaciones que están al servicio de los sueños irreales.


Causa tristeza comprobar cómo se sufre, cómo se lucha, cómo se forjan tantas espadas y se rompen tantas lanzas por la apariencia efímera de un nombre que, al final, no es la verdad de la persona.

Porque lo importante, para la mayoría de los mortales, no es el realizarse sino el que me vean realizado. Y llaman realizado no a la productividad efectiva y objetiva, sino al hecho de que la opinión pública me considere triunfante y exitoso. Y, subidos al potro de la mentira, vamos galopando sobre mundos irreales, temerosos y ansiosos. De la mentira de la vida, ¡líbranos, Señor!

Preparen los caminos de la fraternidad. Derriben las altas torres, construidas, no con piedras sino con quimeras. Despierten de los sueños. Renuncien a la adoración de las estatuas vacías. Líbrenos Dios de tanta angustia, y permítanos entrar en el reino de la paz.

Venga, pues, el reino de la sabiduría y de la objetividad. Venga el corazón puro, desprendido de apariencias y liberado de locuras, pobre y sabio al mismo tiempo, porque el pobre siempre es sabio.

Extractado del libro Sube Conmigo del padre Ignacio Larrañaga.


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