Novedades Fundación TOVPIL

Hacerse niño


“Agranda la puerta, Padre,

porque no puedo pasar.

La hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,

achícame por piedad.

Vuélveme a la edad aquélla

que vivir era soñar.”


(Miguel de Unamuno)


Salvarse, según Jesús, es hacerse progresivamente niño. Para la sabiduría del mundo, esto es algo completamente extraño porque establece una inversión de valores y juicios. En la vida humana, según las ciencias psicológicas, el secreto de la madurez (salvación) está en alejarse progresivamente de la unidad materna y de cualquier clase de simbiosis, hasta llegar a una completa independencia y en mantenerse en pie sin apoyo alguno.


En cambio, en el programa de Jesús, dentro de una verdadera inversión copernicana, la salvación consiste en hacerse cada vez más dependiente, en no mantenerse en pie sino apoyado en el Otro, en no obrar por propia iniciativa sino por iniciativa del Otro y en un avanzar progresivamente hasta una identificación casi simbiótica, hasta —si cabe— dejar de ser uno mismo y ser uno con Dios porque el amor es unificante e identificante;


en una palabra, vivir de su vida y de su espíritu. Esta dependencia, por supuesto, es la suprema libertad.


“Si no se hacen como un niño, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt. 18, 1-4). ¡Hacerse niño! El niño es un ser esencialmente pobre y confiado, confiado porque sabe que a su debilidad corresponde el poder de alguien; en una palabra, su pobreza es su riqueza. De por sí, el niño no es fuerte ni virtuoso ni seguro. Pero es como el girasol que todas las mañanas se abre al sol; de allá espera todo, de allá recibe todo: calor, luz, fuerza, vida...


Muéstrame tu Rostro, Capítulo 6, Infancia espiritual.

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