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Frutos de la oración

La oración es una vivencia inmediata de Dios que, necesariamente, va acompañada de una sensación de plenitud que no admite términos de comparación. No hay en el mundo ninguna sensación que se le pueda comparar en densidad y júbilo. Esta densidad la expresa la Biblia con versículos incomparables tales como:


“Tú Señor, has puesto en mi corazón,

más alegría que si abundara en trigo y en vino (S. 4)


“Por la mañana sácianos de tu misericordia

y toda nuestra vida será alegría y júbilo”

(S. 90)


Si por alegría entendemos la serenidad de quien está por encima de los vaivenes de la vida, quien camina en presencia del Señor va vestido de alegría. Aquí está la grandeza del orante: el poder vivir en medio de los conflictos y adversidades con el alma llena de serenidad y calma.

Todo lo que el amor toca, liberta. Basta experimentar la presencia amorosa de Dios y repentinamente el alma siente la impresión de sentirse libre. ¿Libre de qué? Del temor, enemigo número uno del corazón humano. El mal del fracaso no es el fracaso sino el miedo del fracaso. El mal de la muerte no es la muertesino el temor de la muerte. Pero diré con Pablo, de que ni la vida ni la muerte, ni lo presente ni lo futuro, ni lo alto ni lo profundo, ni las angustias,ni las tribulaciones, ni las persecuciones ni las incomprensiones nos podrán apartar de nuestra gloriosa libertad, de la paz y del amor.

Y aquí nace el encanto de la vida, la calidad vital y la dimensión humanizante de la oración que arrastra consigo aquellas tres cualidades de que habla Kazantzakis:

la omnipotencia sin poder,

la embriaguez sin vino

y la vida sin fin.


Extracto de La dimensión humanizante de la oración, Charla de Padre Ignacio Larrañaga, en las Semanas de Culminación de los Talleres de Oración y Vida.

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