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El Espíritu Santo es un enorme misterio. La Liturgia de Pentecostés nos asegura que su voz resuena hasta las extremidades de la tierra; y Jesús nos dice que, llegada la hora, el Espíritu nos recordará y nos hará comprender su doctrina en la última intimidad. Sin embargo el Espíritu es misteriosamente silencioso porque es eterno. Y quizás algunos de nosotros podríamos repetir lo que dijeron algunos cristianos de Éfeso: “Ni siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo”.





El Espíritu Santificador trabaja discretamente y sin descanso en el silencio de nuestros corazones. Como está en todas partes, acaso por eso no percibimos su presencia. De Él dimanan todas las santas luces de nuestra alma, y en lo más profundo es donde echa raíces nuestro ser sobrenatural. Tomó posesión de nosotros en el bautismo sin proferir una palabra, y desde entonces no ha dicho nada. Siempre opera en el silencio del corazón.


Frecuentemente nos parece que solo lo excepcional es realmente lo importante. El Espíritu Santo es el que recrea el universo cósmico y el mundo de las almas. Y nosotros, ciegos, ni nos damos cuenta. Las lágrimas que destilan sobre el rostro de un niño y la tierra que gira sobre su eje, están reguladas por la misma ley, la ley de la gravedad. Algo así es el Espíritu Santo: fuerza de gravedad, invisible, silenciosa, que mueve y remueve, lleva y dinamiza misteriosamente todo cuanto es vida.


Tu Espíritu, Dios mío, está en el origen de todos los movimientos sobrenaturales. El ha ido preparando todo en la profundidad de nuestro ser, antes de que nosotros tuviésemos conciencia de ello.


En realidad es el Espíritu Santo el que regula la marcha del mundo y la historia de las almas.


Cuando Julio César conquistaba las Galias, el Espíritu estaba preparando el camino de la Evangelización. Cuando Augusto ordenaba el empadronamiento del Imperio, era para que Jesús naciera en Belén. Todo estaba dirigido por el Espíritu. El Espíritu conduce la marcha del mundo. No se le ve al Espíritu pero tampoco se le ve al jefe en las batallas. Se le siente en todas partes, aunque no se le ve en ninguna parte. Si tuviéramos más espíritu de fe, veríamos la acción del Espíritu en muchos capítulos de la historia profana.


El mismo Espíritu que gobierna la Iglesia y el mundo, inspira a un monje a hacer una mortificación. Bien podemos decir que, por medio de nuestra madre, el Espíritu nos ha velado desde nuestra cuna; y que el mismo Espíritu, por medio de los Apóstoles, ha evangelizado los lejanos continentes, ha provocado reconciliaciones y tantas virtudes de las almas.


Nada escapa a la acción del Espíritu. El es el que organiza toda mi existencia, y desde la profundidad trinitaria me viene este movimiento de energía, compasión y piedad. Así como por una sola gravedad todas las piedras se vienen al suelo, una sola pulsación del Espíritu da el ritmo y movimiento a la Iglesia universal.


Oh Espíritu Divino, consolación de mi alma, descanso de mis fatigas, brisa en el calor. Sáname las heridas, lléname de todos tus dones, haz de mí una nueva criatura según la imagen de Cristo Jesús.


¡VEN OH ESPÍRITU SANTO!


Ignacio Larrañaga,


Junio 2006, Carta Circular Nº 21


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