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Cruzando un río


A veces hablamos de vida de oración, otras veces de vida con Dios; sin embargo, la expresión vida con Dios encierra contornos mucho más vastos y complejos que la expresión vida de oración.


Vida con Dios implica compromisos concretos y exigentes en un largo proceso en el que el orante va muriendo lentamente a aquellos rasgos negativos de personalidad que se oponen al espíritu del Señor y se va revistiendo de los modales y estilo de Jesús.

Hablando en lenguaje figurado diríamos que se trata de un río. El río tiene dos orillas. La primera orilla somos nosotros, personalidades constituidas, por razones de orden genética, de bellos rasgos de personalidad, por un lado y, por el otro lado, de factores negativos que se oponen a los valores eternos del Evangelio, y todo ello sin culpa ni mérito de nuestra parte.


La otra orilla es aquel arquetipo que Dios colocó en este mundo, y para siempre como modelo de santificación para la humanidad redimida: Jesucristo.


La vida entera deberá ser una pascua, un eterno estar pasando de una orilla a la otra, en un proceso nunca acabado de irnos despojando de los ropajes del hombre viejo estructurado de delirios de grandeza, mientras vamos revistiéndonos de los ropajes de paciencia, mansedumbre y humildad que son las vestiduras del hombre nuevo según Cristo Jesús.



Del libro Itinerario hacia Dios, del padre Ignacio Larrañaga