Novedades Fundación TOVPIL

Amistad


Subyacen en la sustancia misma de la persona aquellos gérmenes que originan lo que llamaríamos el amor de amistad. Son fuerzas de relación. Nacen con uno. Vienen en la sangre. Pueden estar, algunas veces, estimuladas por circunstancias históricas, pero en general son congénitas. De partida, vamos a darles un nombre: afinidad.


Se trata de una simpatía natural que brota espontáneamente entre dos personas. Antes de encontrarse las dos personas, ya preexistía. Bastó que las dos personas se hicieran mutuamente presentes, y despertó aquella fuerza simpatizante. La amistad no es otra cosa que el cultivo de esa simpatía preexistente. Es el desarrollo de las armónicas subyacentes en las dos personas. Basta poner en contacto esas fuerzas empáticas, como dos polos, y nació la amistad, ¡y con tanta naturalidad!

Es fácil de percibirlo y difícil de expresarlo. La gente, ha acuñado en el lenguaje popular, ciertos decires: me cae bien; o, no es de mi tipo. Otras veces hablan así: éste me gusta y no sé por qué; a aquel otro no lo puedo ver, y no sé por qué. Como se ve, se trata de fuerzas subjetivas, de carácter emocional, que esconden sus raíces en el submundo inconsciente. No tienen lógica ni explicación racional.


Y de esa afinidad nació la amistad. Ese “no sé qué” —así habla la gente— por el que nació una viva simpatía entre estas dos personas, desde el primer día en que se conocieron, como por generación espontánea, se relacionaron siempre a las mil maravillas, convivieron hasta la muerte en una feliz armonía, a pesar de que sus criterios, en muchas cosas, eran divergentes. Y de esa afinidad nació la amistad.



Del libro Sube conmigo de padre Ignacio Larrañaga